Relatos

RELATOS PARA NIÑAS Y NIÑOS (y otros seres alucinantes)

DE 8 A 12 AÑOS

EL MONSTRUO DE LA ABUELA ANGELITA

EL MONSTRUO DE LA ABUELA ANGELITA (Una aventura corta de Gustavo y su Máquina de Montar Monstruos).

—¡Pero-pero-pero-pero! ¡¿Cómo que has VUELTO A CONSTRUIR LA MÁQUINA?!

Gustavo pensó que Mariola le miraba como si se hubiera vuelto loco.

Era verdad que uno de los primeros seres que surgieron de La Máquina de Montar Monstruos había causado mucho revuelo (bueno, casi se come a sus compañeros, había que admitirlo), pero tampoco era para ponerse así.

Tenía claro lo que hacía.

Al fin y al cabo, él era un GENIO CIENTÍFICO como había POCOS en el mundo.

Quizás ninguno.

Aunque sólo tuviera diez años.

—¿Pero es que te has vuelto LOCO? —preguntó Mariola, confirmando la teoría de Gustavo—¿En qué estás pensando?

—Relájate, Mariola —medió Gustavo, indicando que bajara la voz con su mano. Estaban en el cole y, aunque la clase estaba revolucionada como era habitual antes de que llegara la seño Patro, no quería que ningún compañero oyera aquella conversación.

Gustavo sacó su cuaderno de ideas y se puso a bosquejar un esquema para Mariola sobre el pupitre.

—Mira, he descubierto que el PROBLEMA radicaba en el ELECTROIMÁN-CONFITE. Lo he ajustado y ahora no habrá problemas de monstruos gigantescos, porque puedo regularlo a voluntad. Incluso, puedo INVERTIR el proceso y reducir a la criatura. ¿Ves?

Lo único que veía Mariola era un montón de fórmulas y líneas que cubrían ya casi por completo la hoja del cuaderno.

Pero también percibía la tremenda ILUSIÓN que transmitía Gustavo mientras explicaba aquello.

—¡Además LA HE MEJORADO! ¡Ocupa la mitad de espacio, no necesita tanta energía, he anulado el embudo y ahora la fórmula química la introduzco con las muestras de animales, y también…!

—¡Vaaaaaaaaaaaaaale! Pero me tienes que prometer que vas a tener mucho-mucho-mucho-mucho cuidado, ¿eh? ¡Que en cuanto te despistas, aparece un monstruo!

—Que sííí…—contestó Gustavo de buen humor. No permitía que nadie le dijera lo que tenía que hacer, salvo Mariola. Siempre le hacía sonreír.

—¡Venga! ¡Y ahora, enséñame el trabajo de “Natus”, que seguro que es chuli-chuli-rechuli!

—¿Trabajo? ¿Qué trabajo?

En el aula sonaba ya un fragor que no se había oído ni en la batalla de Lepanto, cuando por fin apareció Doña Patro, la profesora. Con un par de gritos firmes y su presencia, la clase se quedó moderadamente en silencio, como solía ocurrir.

—¡Empezamos rapidito! ¡Por orden de lista os voy llamando y me entregáis el trabajo sobre el cosmos!

Gustavo se golpeó la frente.

Acababa de caer.

El trabajo de Ciencias de la Naturaleza.

Había hecho una investigación estupenda. Concretamente sobre los agujeros negros, uno de los cuerpos celestes que más le apasionaban.

Lo malo es que, como era habitual en él, había trabajado por toda la casa. En la cocina, dormitorio, salón, escalera, Megalabo... Y con la ilusión de poner de nuevo en marcha La Máquina, se le había olvidado RECOGER.

Ahora, su trabajo sobre el cosmos estaba esparcido por toda la casa, en vez de en su maleta.

Mariola captó enseguida el agobio de Gustavo.

—¡No-me-puedo-creer-que NO LO HAYAS HECHO!

—¡SÍ LO HE HECHO!... Pero se me ha olvidado traerlo…

—¡Aaahhh! ¡Ji, ji, ji, ji! ¡Pero si vives AQUÍ AL LADITO! La seño Patro es muy-muy-muy-muy buena y seguro-seguro-seguro que te deja ir por él en un momentito.

—¿Tú crees…? Tardaré un poco, porque me lo he dejado… desperdigado… Eso si no me lo ha tirado a la basura la abuela…

—¡Ji, ji, ji, ji! ¡Con lo despistadííííííííííííííísima que es la abuela Angelita ME EXTRAÑARÍA MUCHO!

 

Por suerte para Gustavo, la abuela Angelita NO SE HABÍA DADO NI CUENTA de todos esos papelotes que había por la casa. Y eso que estaba DE LIMPIEZA.

En aquel momento estaba en EL MEGALABO.

Normalmente la abuela no iba por el Megalabo, el laboratorio que su nieto tenía montado en el ático. Gustavo se negaba en redondo. Para él era el centro del universo. Y no quería que nadie entrara.

Sin embargo, allí estaba.

En medio de un montón de máquinas, cables, tubos de ensayo y demás artilugios, con una escoba y un paraguas.

Lo del paraguas era un despiste, pensaba que era un recogedor.

Y tampoco creía haber subido al ático. Se lio con las escaleras.

—¡Hay que ver qué trabajito da este Gustavito! Tiene el cuarto hecho una leonera. La ropa sucia por medio… ¡Vamos, vamos! ¡Esto va directo a la lavadora! ¡Ay, mis riñones! —se quejó la abuela cuando se agachó, para meter una bata de laboratorio dentro de la lavadora.

Claro que, en el Megalabo NO HABÍA LAVADORA.

Pero lo que SÍ HABÍA era una máquina con cierto parecido: LA MÁQUINA DE MONTAR MONSTRUOS.

No era un aparato comprado, de manufactura industrial, como el resto de los artilugios que poblaban el Megalabo. Gustavo la había construido ensamblando infinidad de piezas distintas. En su parte superior había una curiosa estructura que dejaba ver partes de aparatos como un microondas, un ordenador con su pantalla y ollas a presión, entrelazados por cables y tubos. Pero en la mitad inferior se identificaba perfectamente la carcasa de una lavadora. De los cajones para el detergente surgía una pequeña cinta transportadora.

La abuela siguió con la limpieza, recogiendo cosas por el enorme ático.

Acumuló entre sus brazos regordetes un par de batas de laboratorio manchadas y quemadas, una gorra, una botellita con un líquido rosa fosforescente, una camiseta roja, un Mp3 con cascos, un bolígrafo hecho con una púa de puercoespín africano, una camiseta verde, tres paquetes de chuches, dos tabletas de chocolate y unas zapatillas de pelo de conejo.

Metió todo en la “lavadora”.

En ese instante Gustavo entró corriendo en su casa.

La profe le había dado cinco minutos para volver con el trabajo sobre el cosmos.

“¡Ni uno más, Gustavo!” le había gritado al salir.

Subió la escalera agobiado por la prisa, recogiendo de paso algunos papeles que formaban parte del trabajo.

—¡Va a ser imposible reunir todas las hojas a tiempo! ¡Recontracables! —maldecía, mientras seguía subiendo y trataba de colocar las páginas en orden.

Entró en el Megalabo justo en el momento en que la abuela Angelita le daba a un botón de La Máquina de Montar Monstruos y la puso en marcha.

— ¡¡¡NOOOOOOOOOO!!! — Gustavo soltó los papeles al aire lanzándose a la carrera.

— ¡¡Aaaay, qué susto, puñeta!! —aulló la abuela, dando un saltito.

Cuando Gustavo llegó hasta su abuela La Máquina se sacudió y comenzó a traquetear produciendo un silbido agudo que pronto se hizo insoportable.

Gustavo ya había vivido aquello.

Y en aquella otra ocasión, La Máquina explotó.

Rodeó a la abuela con sus brazos y trató de dirigirla lo más rápido posible a la salida.

Pero la abuela, que temía caerse y romperse la cadera con las maniobras de su nieto, daba pasitos cortos e inseguros.

— ¡¡Gustavito, hijo, que me vas a tirar!! ¡¡Ay, que me tiras!! ¡¡Chiquillo!! ¡¡Que me vas a tirar!!

La Máquina enmudeció de golpe.

En el ático ya sólo se escuchaban los quejidos de la abuela.

Gustavo se volvió y contempló La Máquina.

La cinta transportadora se puso en marcha con un leve cliqueo repetitivo y Gustavo se mordió la lengua. Una lágrima brotó por el dolor, pero ni siquiera pestañeó.

En la cabecera de la cinta se deslizó una compuerta de forma automática y silenciosa. La cinta siguió moviéndose, sacando a la luz una pequeña bola carnosa.

—¿Estás haciendo albóndigas? —la abuela, ya más calmada, se ajustaba sus enormes gafotas.

Aquella cosa se sacudió y comenzó a temblar.

Con cada sacudida aumentaba de tamaño, hasta alcanzar el de un balón de futbol y se detuvo.

Emitió un burbujeo y de su interior emergieron montones de púas, largas y oscuras, que cubrieron rápidamente toda su superficie.

Y al momento siguiente con un chasquido aparecieron bajo las púas cuatro patas peludas, y por arriba, dos largas orejas.

Acabando aquella transformación, unos ojillos oscuros se abrieron sobre un pequeño hocico y observaron a Gustavo y la abuela Angelita.

—¡Chiquillo, qué albóndiga más rara!

A la voz de la abuela Angelita aquel ser reaccionó.

Movió rápidamente sus patas sobre la cinta transportadora resbalándose y yendo a caer al suelo. Apenas lo tocó, salió disparado, veloz como una bala. Giró, saltó, corrió sobre sillas y mesas, dando vueltas y vueltas al Megalabo.

—¡AAAAAAAAHHH! —gritó la abuela—¡No es una albóndiga, es una rata de pelo tieso!

Gustavo estaba noqueado.

¿Qué era aquello? ¡La abuela había creado un ser con La Máquina de Montar Monstruos! ¡Parecía tener partes de conejo y puercoespín! ¡Un… CONEJOSPÍN! No tenía ni idea de cómo había ocurrido, pero se le pasó fugazmente por la cabeza lo que acababa de decirle Mariola: “en cuanto te despistas, aparece un monstruo”.

Aquel ser parecía buscar una salida y Gustavo reaccionó por fin, alarmado.

No podía dejar que se escapara.

Trató de cortarle el paso en su carrera, saltando delante de él y abriendo los brazos.

El Conejospín eludió a Gustavo a gran velocidad, con un giro impresionante. Pero Gustavo pudo tocarlo por un momento.

Gustavo recibió una tanda de pinchazos muy dolorosos.

Por suerte, llevaba como siempre sus guantes de goma negra (junto con su bata de laboratorio, botas y gafas de soldar, su aspecto habitual incluso cuando iba al cole).

El Conejospín trotó sobre unos papelotes que Gustavo reconoció rápidamente. Era parte de su redacción sobre el cosmos que había realizado en el Megalabo.

Las hojas de papel, perforadas por las largas púas de aquel ser, se quedaron prendadas a él.

Frotándose la mano herida, Gustavo vio impotente como el Conejospín, cargado con su trabajo de Natus, salía por la puerta y enfilaba a toda velocidad escaleras abajo.

Gustavo cogió la escoba y persiguió durante unos angustiosos minutos a aquel ser por toda la casa. Recorrió el salón, su habitación, la cocina; corriendo, brincando, girando y vuelta a empezar.

Por donde iba pasando recogía con sus púas los papeles que se encontraban en su camino.

La abuela Angelita, empeñada en que aquello era una rata (que le daban mucho miedo), se metió en el baño, cerró el pestillo y se subió sobre el wáter dando grititos.

Cuando Gustavo logró acorralarle lo suficiente para obligarle a correr de nuevo hacia el Megalabo, de aquel ser sólo se veían las orejas.

El resto del cuerpo estaba empapelado.

Una vez de vuelta al ático, Gustavo cerró la puerta tras de sí y corrió hacia La Máquina de Montar Monstruos, tratando de quitarse del camino del Conejospín, que seguía dando vueltas a la habitación.

Había estado calculando las fórmulas necesarias mientras trotaba por la casa.

Se lanzó sobre el Electroimán-Confite y conectó el nuevo relé electromagnético en el que había estado trabajando la noche anterior para invertir el proceso de La Máquina. Ajustó la potencia y pulsó los interruptores. Cuando por fin la lámpara piloto se encendió, supo que estaba listo.

Buscó con la mirada al Conejospín y el corazón le dio un vuelco.

Había saltado sobre los muebles y ahora estaba sobre el más alto de todos, una gran estantería llena de matraces, probetas, vasos y tubos de ensayo.

Con las patas delanteras estaba arañando la salida al exterior. Una portezuela de la gran claraboya del techo.

Gustavo puso en marcha rápidamente La Máquina, rezando porque hubiese hecho bien los cálculos. Se protegió los ojos con las gafas de soldar, descolgó el Electroimán-Confite y con gran esfuerzo apuntó al Conejospín.

La máquina silbó y de aquel ser surgió una ráfaga de luz blanca intensa que se dirigió vertiginosamente al Electroimán.

El Conejospín menguaba cada vez más, a la vez que el Electroimán-Confite absorbía SUS MOLÉCULAS DE AZÚCAR.

Gustavo paró La Máquina cuando dejó de ver a la criatura.

Arrimó una escalera y subió hasta el último escalón. Se asomó al techo del mueble.

Sobre un montón de papeles se encontraba el ahora MINICONEJOSPÍN, del tamaño aproximado de PePe, el MiniPolloPulpo.

Estaba aún pinchado a un papel, bocarriba, moviendo las patitas en el aire.

Gustavo lo agarró con cuidado y se lo metió en un bolsillo.

Miró los papeles, una hojarasca llena de pequeños agujeritos de las púas del Conejospín.

Los ojeó. No se lo podía creer. Ahí estaba TODA su redacción, su trabajo de clase sobre el cosmos.

Sonrió. Se había dado cuenta de algo muy divertido.

Bajó de la escalera con los papeles, encontró una grapadora entre sus bártulos y los grapó de cualquier manera. Salió pitando al cole parando sólo para decirle a la abuela que había “atrapado a la rata de pelo tieso”.

La seño Patro se quejó porque había tardado casi diez minutos, pero no le riñó demasiado. Se quedó muy interesada con la presentación del trabajo de Gustavo.

Al principio le causó rechazo.

Toda la información que traía parecía estupenda. Pero venía en un montón de hojas desordenadas, sujetas por una grapa, y con muchísimos agujeritos.

Pero entonces leyó el TÍTULO.

LOS AGUJEROS NEGROS Y EL CAOS.

^___^

RELATOS PARA NIÑAS Y NIÑOS (y otros seres alucinantes)

A PARTIR DE 12 AÑOS

TRUFO

TRUFO (Relato cedido para la publicación de una antología solidaria que colabora en la recuperación de Doñana de los incendios de 2017. Suseya Ediciones.)

Trufo morirá en el incendio.

Aunque no morirá como tú crees.

El caso es que morirá, así que será mejor que no te encariñes demasiado.

Pero claro, reconozco que es bastante difícil no encariñarse de él.

Trufo tiene un año. Es un jabalí joven. Hace muy poco que era un pequeño jabato, pero ya casi han desaparecido de su duro pelaje las típicas rayas que marcan a las crías. Ahora, todo su redondo cuerpo rechoncho tiene el color rojizo que precede a la edad adulta y ha adquirido un tamaño considerable. Pesará, a ojo de buen cubero, unos treinta kilos.

Como te decía, no hace mucho Trufo era un jabato. Pero solo porque era una cría de jabalí, no porque fuese, como también significa esta palabra, osado y valiente.

De hecho, es más bien un poco cagueta.

Bueno, trata de afrontar la vida con entereza. Más aún ahora, que por edad puede (y debe) desligarse del grupo de su madre.

Pero no le gusta nada arriesgarse sin motivo.

Y donde vive, en Doñana, hay bastante riesgo que eludir.

Por el contrario, su hermana Cebada no para de meterse en líos.

Su hermana es una jabata aún, unos meses más joven que Trufo, y se dedica a picarle constantemente para que le acompañe en sus correrías. Aunque nunca lo haya conseguido, no parece dispuesta a dejar de insistir.

Trufo, aún con su cautela habitual, disfruta de todo lo que le rodea.

Doñana es un paraíso para él.

Le encanta pasear entre los pinos piñoneros y los alcornoques, oler las rosas y las flores de lavanda, rozarse con las matas del lentisco y la brecina.

También tiene un sitio especial, al que le gusta ir para estar tranquilo. Es un apartado lugar de sus rutas habituales donde los tréboles brotan como un manto verde aterciopelado. Es fresco y húmedo. A Trufo le encanta echarse a dormitar mientras oye el canto dulce y melancólico del colirrojo real. Aunque a veces, un estridente estornino pinto echa a perder su siesta. Como todos los jabalíes, Trufo no tiene muy buena vista, pero eso no impide que pueda disfrutar, desde aquella privilegiada cama, del vuelo de una bandada de flamencos al caer el sol.

Su hermana Cebada, al contrario, disfruta enfrentándose a peligros.

Se dedica por ejemplo (alterando los nervios de su hermano) a molestar a los meloncillos y a jugar con los erizos.

Y, claro, Trufo tiene que jugarse el tipo.

No le gusta nada que su hermana le ponga en esas situaciones. Pero no puede tampoco dejar de acudir en su ayuda. Podría pasarle algo y nunca se lo perdonaría.

Y así llegamos al segundo mayor agobio del pobre Trufo.

La carretera.

La carretera que pasa entre el paraje verde donde vive Trufo y las dunas de la playa.

A Cebada le encanta pasar por ella. Atravesarla, junto con el grupo de jabatos que comanda su madre. Y aprovecha todas las oportunidades para tratar de obligar a Trufo a que les acompañe, sabiendo que su hermano se rajará de nuevo, para la risa general del resto de jabatos.

Trufo no atraviesa, pero se queda al otro lado inquieto. Paseando nervioso por un mismo lugar.

Y es que, en la carretera, Trufo sabe que se encuentra la muerte.

Lo ha visto en algunas ocasiones. No muchas, pero suficientes. Animales atropellados. Inertes. Tumbados en su propia sangre. Golpeados o aplastados por aquellas extrañas máquinas de los hombres, que rugen y vuelan sobre el asfalto, apareciendo de la nada. Conejos, zorros, erizos… Hasta vio en una ocasión a un lince. Nunca había visto uno entre la maleza. Sabía que había pocos, sus mayores hablaban de ellos casi como de una leyenda. Y la única vez que Trufo había visto uno fue tirado en la carretera. Destrozado.

Por eso Trufo no atraviesa y espera, anhelante, que Cebada vuelva con los demás sin que le ocurra nada.

Este es el segundo mayor agobio de Trufo. Pero, ¿y el primero?

El primero, el mayor agobio de todos para Trufo es el fuego.

El fuego.

Destructor de destructores. Impío. Cruel. Imparable.

Solo en una ocasión Trufo pudo contemplar el horror de un incendio. No tendría más de tres meses cuando todo su grupo tuvo que huir. Corrieran a donde corrieran, solo había humo. El olor a madera quemada se metía por su pequeño hocico y los ojos le lloraban. Solo oía los chillidos de su familia y de muchos animales. Y el retumbar de su corazón.

Por suerte, fue un incendio pequeño. Llegaron al momento muchos hombres con sus máquinas y detuvieron a aquel monstruo.

Cuando pudo volver, lo que se encontró fue desolador. Tantos árboles y arbustos, tantas flores. Tanta vida. Todo aquello había desaparecido, y en su lugar, guiñapos negros, suelos tiznados, yermos. Y un olor a quemado y a muerte que tardaría en desaparecer.

Pero de eso hacía ya mucho tiempo y Trufo había olvidado ya hasta las pesadillas.

Quizás por eso tardó en entender lo que estaba pasando.

Salió en solitario a buscar camarina. Le encantaba su sabor. Los jabalíes tienen muy buen olfato, pero se había levantado un aire bastante fuerte, en la dirección hacía donde se dirigía. Así no había manera de oler nada.

Por eso no advirtió la presencia de aquel humano hasta que lo vio.

El hombre estaba agachado frente una pila de ramas secas, amontonadas al pie de un viejo alcornoque.

Antes de saltarle las alarmas a Trufo, como solía pasarle con cualquier posible amenaza, hubo algo que le llamó poderosamente la atención y que sus ojos no alcanzaron a distinguir.

El hombre tenía una luz entre sus manos.

De pronto, de aquellas manos brotó una llamarada y el fuerte viento la alzó hasta lamer las hojas bajas del árbol. Un segundo después, Trufo recibió el penetrante olor a quemado y la subida de calor en su cara. Mientras el corazón se le disparaba el hombre se volvió hacia él y vio su rostro. Tenía la boca abierta, enseñando todos los dientes en una sonrisa extraña y los ojos le brillaban, rojizos.

Trufo dio la vuelta y trotó desesperado. El humo y el fuego le seguían de cerca, propagados por el viento cada vez más fuerte que Trufo tenía a su espalda. Debía llegar pronto hasta su grupo. Hasta Cebada. Antes de que aquella destrucción que le perseguía les alcanzase.

Respiraba cada vez con más dificultad. Un jabalí no puede mantener mucho tiempo el trote. Aún así, el miedo espoleaba a Trufo de tal forma que avanzó casi a la velocidad de un ciervo.

Jadeando sonoramente llegó hasta el lugar donde su grupo solía estar. No podía ver gran cosa, ni tampoco oler. El humo ya había llegado, superando a su carrera. Pero podía oír y llegó a la conclusión de que ya se habrían puesto a salvo.

Antes de seguir corriendo, mientras recuperaba el aliento, quiso escuchar un quejido cercano. Un lloro quedo. Al momento, lo reconoció. Era Cebada.

Chilló desesperado su nombre, rogando que su hermana le contestase. Cada vez veía menos y el humo le estaba ahogando. El viento en su contra soplaba con fuerza y el calor aumentaba. Las llamas debían estar cerca.

Por fin, una adelfa a cuatro pasos de distancia se movió. Un sitio habitual donde Cebada se escondía cuando temía la reacción de alguna víctima de sus travesuras.

Trufo acudió hasta ella y la saco, empujándola. No quería moverse. Estaba aterrada.

Su hermano le habló tranquilo. Comprendió que había una salida próxima y que Cebada le seguiría. Debían cruzar la carretera.

Al otro lado, cerca del mar, estarían a salvo.

Trotaron juntos hacia el sur mientras sentían que el fuego les alcanzaba. Cebada no dejaba de gimotear y Trufo trataba de parecer tranquilo, mientras le protegía del calor trotando justo a su lado. Rozándole para que se sintiera protegida.

Salieron a la orilla de la carretera aliviados.

El humo estaba por doquier, desorientando a cualquier ser que se encontrara dentro de él. Apenas veían a cinco pasos. Pero Trufo y Cebada sabían que, cruzando, pronto estarían en la playa.

Justo cuando se disponían a hacerlo, un enorme automóvil apareció de repente y pasó como una exhalación, huyendo también del incendio.

Cebada y Trufo se quedaron paralizados. No podían ver si aquellas máquinas se acercaban. Ya ni siquiera oírlas, el crepitar del fuego cercano y los chillidos de los animales saturaban y se imponían a cualquier otro sonido.

Trufo reaccionó por fin y trató de convencer a Cebada de que no pasaría nada.

No había manera, la pequeña jabata se había tumbado y no se movía. El humo les ahogaba y Trufo supo que no había tiempo ya para nada más. Así que solo pudo hacer una cosa. Mordió con fuerza el lomo de su hermana, hasta hacerle sangrar.

Cebada reaccionó superando el dolor al miedo y corrió por la carretera casi enloquecida.

Trufo emprendió un momento después su carrera.

Pudo ver como Cebada alcanzó el otro lado y se encaminaba ya a las dunas protectoras. Estaba seguro de que allí les esperaría su grupo.

Pero antes de alcanzar su meta una de aquellas máquinas infernales hizo su aparición como si el humo la pariera. Trufo apenas pudo volver sus ojos hacia ella. Un segundo, nada más.

Suficiente para ver al conductor.

Era aquel hombre. El de los ojos rojos. El creador del fuego destructor.

El coche golpeó violentamente a Trufo con su faro derecho. Trufo, a pesar de sus treinta kilos de peso, salió catapultado cinco metros hasta la arena que bordeaba el otro lado de la carretera. El coche derrapó, cabeceó un par de segundos y se estampó contra un árbol grueso.

Trufo quedó tendido y quieto. Era algo extraño. No le dolía nada. Pero no podía moverse. Aunque tampoco quería. Todo a su alrededor ocurría como en un sueño. No sentía preocupación, ni nervios. Ya no sentía miedo.

Antes de que se apagara su conciencia pudo ver cómo la copa del árbol grueso comenzaba a arder, contagiado por los más cercanos. Pronto, alcanzó también al coche. Brotó de él otra llamarada. Una alta y vivaz, que generaba una columna de humo más negro aún que todo el humo circundante. Lo último que Trufo oyó fue una fuerte explosión.

Trufo no lo sabría, pero lograría salvar a Cebada, que tendría una vida larga y feliz.

También salvó a muchos otros animales. A todos aquellos que no morirían a mano de aquel humano, aquel demonio que no dudaba en quemar todo para beneficiarse y que, con cierta ironía, moriría abrasado, a manos de su propia destrucción.

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